La pequeña Rhania
vivía complacida, mirándose a diario en las cristalinas aguas de su bello
estanque, donde acudía para ver como aumentaba, día tras día, su hermosura, en
aquel incomparable jardín que su padre había construido sólo para ella.
La pequeña Rhania
maldecía los días de lluvia, en los que no podía admirar su ingente belleza.
Donde las gotas de lluvia creaban círculos concéntricos emborronando su hermoso
rostro, convirtiendo sus días perfectos en amargura desolada, por no
poder complacer su obsesiva deleitación de admirarse. Esos días en los que
obligaba duramente a sus doncellas a sacar lustre a los azulejos de su imperial
cuarto de baño, para poder admirar su esbelta figura, saciando así su sed
diaria de complacencia.
La pequeña Rhania
vivía en un enorme y majestuoso palacio, donde tras sus muros su padre había
creado un mundo aparte del real, un mundo donde ella era la princesa. Un
especial lugar donde Rhania había manifestado una compulsiva obsesión de si
misma, y donde no cabían más problemas que una estúpida lluvia que la impedía
regodearse con el hermoso reflejo de su belleza.
La pequeña Rhania
comprendió, un día de sol radiante, tras bajar presurosa a encontrase con su
idolatrada fuente de ego, que no estaba sola. Los altos muros de su palacio
habían sido traspasados por un muchacho, de tez morena y largos cabellos, que
descansaba ahora sobre la negra piedra que su padre trajera desde muy lejos
dominando, majestuosamente, en solitario el centro de su hermoso jardín. Donde,
reposadamente, el joven leía un antiguo manuscrito bajo el sol de aquel placido
día.
-¿Quién eres y qué
haces aquí?-, preguntó, con su imperativo hilo de voz.
- Soy Ratán, ¿y tú? –
contestó, sin más distracción que la de pasar la siguiente hoja.
-Yo soy la dueña de
este Palacio, y tú no puedes estar aquí. – dijo, verdaderamente enfadada.
-¿Qué tienes en las
manos?- preguntó, extrañada y bajando ligeramente el tono.
La curiosidad de
conocer el objeto que tan absorto tenía al muchacho, pudo más que su enojoso
comportamiento habitual.
-Es un libro –
contestó
-¿qué es un libro?-
fue la obvia pregunta, siendo total desconocedora de su existencia.
-Un libro es una
sucesión de hojas escritas sobre personajes, lugares y situaciones, que alguien
escribiera hace mucho tiempo.- clamó el joven, estirándose
descaradamente.
¿Tú puedes escribir en
él? Preguntó, recuperando su arrogancia inicial.
-En este no, pues ya
está completo. Pero en cualquier otro, claro que sí –
¿Podrías escribir mi
historia?, soy la más bella del reino y creo que se debería plasmar mi belleza
en un libro de esos.- dijo, buscando de reojo, poder mirarse en el estanque.
-Podría hacerlo, pero
si yo escribiera sobre ti, plasmaría lo que ven mis ojos, y no sólo lo que tú
dices ver- sentenció, a tenor de lo que creía se le avecinaba.
-¿Tú no ves mi
belleza?- Preguntó indignada.
-No- respondió simple
y claramente.
-Pues debes de ser
ciego entonces- admitió, buscando nuevamente su reflejo.
-No soy ciego, lo que
intento explicarte sencillamente es que mis ojos no ven las cosas como la ven
los tuyos- replicó rápidamente.
Pues ¿puedes decirme
que ven tus ojos de mi que yo no haya visto antes?- preguntó enojada por el
descaro del joven y la incertidumbre que había creado con su comentario.
-Yo veo a una estúpida
y remilgada niña que no hace otra cosa que mirarse en las aguas de ese pequeño
estanque, viviendo tras unos tristes muros que acotan el bosque y entorpecen mis
paseos matutinos hasta hoy-
El rostro de la
pequeña Rhania cambiaba de color espontáneamente antes de gritar. – ¿pequeño
estanque? Mi padre me ha asegurado que es el mayor que conoce-
-Ya, pero comparado
con el río, ese estanque es ridículo-
-¿Un río?, ¿dónde?-
preguntó cavilando la posibilidad de ampliar el espacio donde seguir
admirándose.
-Cerca, tras esos
muros, no muy lejos- contestó, mirando surgir un brillo inusual en sus ojos de
niña.
-¿Tú te miras en él?
Consultó presurosamente.
-No, yo me baño en él.
No me hace falta mirarme, ya sé como soy-
-¿Y cómo eres, si se
puede saber? Preguntó animada queriendo devolverle un poco de su desfachatez
anterior.
-Dímelo tú-
-Yo te veo, feo, sucio
y desaliñado e impertinente- dijo, esperando que se enfadase mucho.
-Pues ese soy yo visto
por tus ojos. Ratán-
Y, hábilmente trepo
hasta el árbol más cercano del muro para desparecer tras de él.
La pequeña Rhania,
corrió hasta Palacio preguntando a todos los que se encontró, ¿qué veían al
mirarla?, obteniendo tantas respuestas diferentes como personas consultó. Y tras
bajar de nuevo hasta el estanque dijo abatidamente.
-Que pena que tú no
puedas hablar, estanque mío-
Y la pequeña Rhania se
quedó pensando en la posibilidad de que otras gentes pudieran pensar como aquel
joven, decidiendo no salir nunca de entre aquellos muros... por si acaso.
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